“El ascensor”
Por Rae Mulvey

El edificio tenía cien pisos; era un edificio grande y moderno, pero para Lisa, sólo era el lugar de su oficina, en el piso 96. Ella entró al edificio, entrando al ascensor como todos los días, el lunes hasta el viernes. Llegó al ascensor, una caja grande y brillante. Aunque el edificio era moderno, el ascensor era lento, pasando piso tras piso sin prisa. Las puertas grandes eran de metal; estaban arregladas en diseños retorcidos, y cubiertos en oro. Pero las cosas más impresionantes eran los tres espejos enormes que dominaban las paredes, reflejando puertas y el techo, que era del color de la sangre.

Cuando entró, Lisa se dio cuenta de tres otras mujeres, también entrando al ascensor, también mirando a las otras. Al mismo tiempo, todas suspiraron, y luego, empezaron a reír.

– ¡Qué mal tiempo tenemos en esta ciudad hoy! – Dijo una, una mujer alta con un suéter rojo.

-De verdad- Dijo otra, con una voz suave. Ella era una mujer que también era alta, pero parecía pequeña con sus lentes grandes y cuerpo flaco.

Lisa las miró con atención. A ella le gustaba platicar cuando era posible, dado que casi nunca hablaba con otras personas en su trabajo. Sólo ponía los números en la computadora cada día. Recientemente en su casa no conversaba con nadie tampoco. Su marido tenía que viajar mucho por su trabajo. Algunas veces, pensó que un día se volvería loca por la falta de conversación en su vida.

-Pues- estaba diciendo la mujer del suéter rojo, mirando la tercera mujer, quien llevaba una falda negra y zapatos pasados de moda, – ¿Por qué llevas una falda tan corta cuando el clima es tan malo? –

La mujer con la falda negra la miró como insultándola.

– ¿Hay algún problema con mi falda? –

-Es demasiado corta. Una mujer a tu edad no tiene ninguna razón para llevar una falda así.-

-Y tu suéter, ¿no es demasiado ajustado? ¿Tienes un esposo?, ¿no? ¿Por qué no lo llevas para él?-

Lisa se sintió incómoda.

-No sabes nada de mi marido, hay algunas complicaciones que– empezaba a contestar la mujer del suéter rojo.

-Problemas con el matrimonio, ¿verdad? Él es infiel porque eres tan fea y vieja. Los viajes para él trabajo son mentiras, él tiene una novia en otra ciudad- concluyó la mujer de la falda negra con una sonrisa como la de un tiburón.

-Por favor- protestaba la mujer de lentes gruesos, con su voz suave -No peleen así–

– ¡Cállate! – Gritaron las otras al mismo tiempo.

-No quiero ningún consejo de una mujer que tiene una cara como una rana- Dijo la mujer del suéter rojo.

-Si eres tan fastidiosa, señora rana, no tendrás amigos. Es posible que ya tus amigos te odien. Eres lenta y aburrida. ¿Cómo les van a gustar una mujer como tú? Tú, quien no eres capaz de preservar tu matrimonio ni hacer nada bueno con la carrera.-

-¡Oye!- interrumpió Lisa, ahora muy desafiante -¿Cómo pueden decir cosas tan horribles a una desconocida?-

Las tres otras mujeres la miraron con sorpresa. El ascensor estaba completamente silencioso.

– ¿Desconocida? -Las mujeres dijeron, todas al mismo tiempo -¿Piensas que nosotras todas somos desconocidas?- continuaron las mujeres. Al mismo tiempo, se empezaron a reír.

-No somos desconocidas, Lisa- dijeron.

– ¿Cómo saben mi nombre? – Ahora, Lisa temblaba con miedo. Las otras se movieron de un lado para otro, como en un baile.

-Ya entiendes, Lisa. – dijeron las mujeres- ¿Por qué todas vamos al piso 96? ¿Por qué sabemos tu nombre? ¿Por qué no somos desconocidas? ¿Por qué sabemos de tu marido, el infiel con la novia hermosa en otra ciudad, o del trabajo, en que nunca puedes hacer nada más que poner números en la computadora, o de todos tus problemas? –

– ¡NO SÉ! – Lisa gritó, explotando con miedo y frustración. – ¡NO SÉ! ¡NO SÉ! ¡NO–

El ascensor sonaba. Ya llegaron al piso 96.

Las puertas se abrieron, y Lisa salió del ascensor sola. Las otras mujeres desaparecieron, eran parte de los espejos grandes. Sin el cuerpo flaco de Lisa, los espejos estaban vacíos otra vez, sólo reflejando las puertas y el techo rojo.

Lisa ajustaba su falda corta y negra. Caminó hacia su oficina, zapatos pasados de moda haciendo clic en el piso, y miró por la ventana en su oficina mientras limpió sus lentes gruesos en su suéter rojo.

-Qué mal clima tenemos en esta ciudad hoy- dijo ella.