“El corazón de una madre”
Por Candice M. Delgardio

La puerta se cerró con fuerza.
Y justo en ese momento, ella desapareció.

El sonido de la puerta al cerrándose me persigue todavía, 20 años después. Lo oigo claramente en mis sueños. Recuerdo la manera en que ella me miró por encima del hombro, tenía miedo y no entendí como salió de nuestra casa por última vez.

En ese momento no comprendía a donde iba, pero con el paso de los años, me he dado cuenta que mi madre fue a reunirse con su primer amor. Cuando yo era niña, ella nunca hablaba de su amor. No era necesario. Lo veía en sus ojos, el capricho, la obsesión.

El nombre de su amado era Mantega y su amor era fuerte. Su relación era más fuerte que cualquier otra relación en la que mi madre alguna vez podría haber estado. Veo esto ahora, pero no siempre he sido capaz de entenderlo.

Recuerdo un día cuando mi madre me llevó al centro comercial. Era en otoño y quería comprarse un abrigo antes de que hiciera más frío. Mientras miraba a mi madre probarse los abrigos, no pude evitar admirarla. Ella compró un abrigo elegante y salimos para volver a la casa. Cuando llegamos a la casa ella me permitió jugar vistiéndome con su ropa y me maquill. Me sentí hermosa parada con ella en frente del espejo. Yo amaba a mi madre.

Pero el día siguiente no sentí la misma sensación de compañerismo. La mujer que yo había admirado tanto había cambiado. Ella era distante y mala. Cuando le traje el abrigo que había comprado y le pregunté si podíamos jugar, ella lo arrebató con fuerza de mis manos y me dijo que no la molestara.

Continuó fue así por años. Un día era caliente, otra fría como los cambios de clima con las estaciones del año. Emocionalmente se había quitado a sí misma de nuestra familia. Esto me empujó a los brazos de mi padre. Mientras mi madre se distanciaba de mí, mi padre me jalaba más cerca. Me dio la bienvenida con los brazos abiertos. Esperaba que me protegiera de su conducta inconsistente y preocupante. Mi padre hizo total lo posible para proteger a mi madre de las drogas de las que ella dependía tan fuertemente. Él creía que era posible mantenerla segura pero como los años pasaban, la realidad de la situación se hizo más clara. La amenaza inmediata a la salud y la vida de mi madre no era la heroína sino ella misma. No podría protegerla. Él no podría mantenerla segura. Observé como se disipaba el brillo en los ojos de mi padre con cada paso de la temporada hasta que nada quedó sino una mirada tenue. El agotamiento permeaba su ser pero él nunca se dio por vencido. Él nunca se dio por vencido conmigo, con mi madre, o consigo mismo. Amaba a mi padre. Lamentaba su desdicha, su pérdida; La pérdida de un alma hermosa.

No recuerdo ninguna vez sentirme tan feliz en mi niñez como el día en que compramos ese aquel hermoso abrigo. Nada volvió a ser igual y podía sentirlo profundamente en mi corazón. Había un vacío allí.

Vi a Mantega vaciarla de su vivacidad y dejar solo la sombra de lo que fue. La heroína le robó a mi madre la voluntad y la capacidad de amar. Le robó su esencia, a mí me robó la esperanza. Aunque a veces me siento triste cuando pienso que Mantega se llevó a mi madre lejos, una parte de mí todavía cree que las drogas no triunfaron al final. Una parte de mí todavía piensa que en lo más profundo de su corazón, mi madre sabía exactamente lo que estaba haciendo. Ella sabía que desaparecer detrás de esa puerta era la venganza más fuerte contra la relación abusiva en que se encontraba. El cierre de esa puerta significó el cierre de ese capítulo y la restauración de la esperanza en los ojos del inocente.