“Las galletas de Humberto”
Por Fiona Galzarano

Un hombre flaco con gafas gruesas corrió a la parada de autobús. Estaba jadeando cuando llegó a la parada. Miró su reloj y gimió. Zapateó impacientemente y no paró hasta que llegó el autobús. El hombre suspiró y se subió. Se sentó y abrió un periódico.

—¡Humberto!

El hombre giró su cabeza hacia la voz. Otro hombre robusto con una corbata torcida sentado detrás de Humberto le estaba mirando y sonriendo.

—¿Roque?

—¿Qué tal? No nos vemos desde el colegio.

—Estoy bien. Tengo un trabajo de farmacéutico en una empresa grande.

—No has cambiado nada. Siempre fuiste ambicioso.

—¿Y tú? ¿Tienes empleo?

—Soy gerente en una agencia de publicidad.

—¿Tú? ¿Gerente?

—Sí. Estoy a cargo de casi diez empleados.

—¿Y comes las galletas de los empleados?

Roque emitió una risa resonante. —¿Todavía recuerdas eso?

—¿Cómo se me puede olvidar? Todos los días, traía una galleta para el almuerzo, y todos los días, me la robabas y te la comías tú.

Roque rio otra vez. —Qué buena broma, ¿no? Era como un juego entre amigos.

—No estamos amigos.

—¿No?

—Me empujabas en los pasillos. Escondías mis cuadernos. Una vez, me bajaste los pantalones enfrente de la clase entera. Y, todos los días, te comías mi galleta.

—Ay, que gracioso era yo. Gracias por recordarme los detalles.

Humberto exhaló. —Bueno. Me bajaré en la próxima parada. Pero, ¿quieres que nos reunamos este fin de semana? Para rememorar cosas del colegio, naturalmente.

—¿Este fin de semana? Por supuesto. ¿Quieres que quedemos en algún café?

—Eres gerente de una empresa impresionante. Imagino que tienes una buena casa.

—Claro que sí.

—Entonces, muéstrame tu casa. Traeré unas galletas, en honor a nuestra vieja amistad.

—¿Cómo? ¿Vives todavía con tu mamá?

—Tengo la receta. Puedo hornearlas yo.

—¡Qué aptitud tienes! No solo eres farmacéutico sino también cocinero. Bueno, vivo en la casa verde en la Calle Karma.

—Vale. Nos vemos el sábado.

—¡Hasta luego!

El sábado próximo, Humberto tocó a la puerta de la casa verde en la Calle Karma. Llevó una cesta de galletas con pepitas de chocolate. Cuando Roque abrió la puerta, miró la cesta y sonrió.

—¿Hay galletas en esta cesta?

—Por supuesto. No soy mentiroso.

—No has cambiado nada, Humberto. — Roque le guió a la sala de estar. —¿Quieres café?

—Sí.

Mientras Roque estaba preparando el café, Humberto vio el interior de la casa. Había pinturas y certificados, cajas de chocolate y una taza con “Jefe Numero Uno” en el frente.

Roque regresó con dos tazas de café y dos platos. Se sentó en el sillón al lado de Humberto. Humberto sacó una de las galletas y le dio la cesta a Roque. Roque miró las galletas en la cesta con avaricia antes de sacar una.

Humberto gesticuló a la taza con la inscripción. —¿A tus empleados les agradas?

Roque rio. —Muchísimo. Todos me hacen la pelota.

—Me parece que no es que les agrades, sino que tienen miedo de ti.

—Puede ser. Soy muy estricto. — Mordió la galleta y habló con boca llena. —Cada mes, escojo a uno de los trabadores para acosar. Es mi estrategia para mantenerles bien despiertos. Dos empleados ya renunciaron.

—¿Y por eso te dan regalos?

—Sí. Piensan que si me hacen la pelota, no voy a acosarles. No tienen razón, pero no tengo ninguna queja. No puedo quejarme de chocolates gratis. Una de mis empleadas es artista. Me pintó esas obras. — Gesticuló a la pared con un retrato de él.

—Ay…

—Bueno, trabajan duro. Unas veces, cuando su trabajo ganó mucho dinero, ¡dije a mi jefe que lo hice yo! Este certificado es de “empleado del mes” por mi trabajo duro. — Guiñó.

Humberto se levantó. —¿Dónde está el baño?

—Es la segunda puerta a la izquierda.

A la salida de Humberto, los ojos de Roque se enfocaron la cesta de galletas. Recordó los días de colegio en que comía las galletas de Humberto cada día. Miró la galleta en el plato de Humberto. Esta galleta tenía más pepitas que todas las galletas en la cesta. Roque cogió la galleta de Humberto y puso una de las de la cesta en el plato. Contempló el resultado con una sonrisa. Cuando oyó pasos, rápidamente se comió la galleta entera. Frunció el ceño. Esta galleta no era dulce sino amarga.

Humberto se sentó. Recogió la galleta de su plato y la mordisqueó. —Entonces, te adjudicas el trabajo exitoso. Tu ética ha cambiado mucho desde el colegio.

—No tienes razón. No he cambiado nada. ¿No recuerdas los exámenes de matemáticas? Copiaba todas tus respuestas.

—Y los de química. Ay, se me olvidó por completo.

—Es fácil superar todos los obstáculos en la vida si estás dispuesto a tomar atajos. — Rio y se agarró el estómago. —Ay, me duele el estómago. Soy demasiado chistoso.

—¿Estás bien?

—Sí, estoy seguro de que pasará pronto. — Se dobló, agarrando el estómago. —¡Qué fastidio!

—Bueno, no quiero incomodarte. Me voy. ¡Mejórate pronto!

—Hasta luego. ¡Ay, Dios!

Antes de salir de la casa, Humberto giró hacia Roque.

—Tienes razón, Roque. No has cambiado ni pizca.

Se le escapó una risita cuando cerró la puerta de la casa del hombre quien le atormentaba todos los días de colegio, el hombre que todavía acosaba a mucha gente, el hombre que se estaba muriendo por culpa de la galleta envenenada de Humberto.